Deliciosa esclavitud

Qué hermoso es encontrarse en una playa, solo, escuchando únicamente los sonidos que solo el mar sabe obsequiarnos.

La humedad y la frescura del ambiente acompañado de esa exquisita sensación de la arena llena de rocío y brisa marina en mis pies.

El sol es apenas una brizna que ya ilumina con su fulgor tras esas montañas. Las aves marinas comienzan su día y los cangrejos en la playa realizan su ritual como si se tratase de esas abluciones matutinas que hacemos los humanos para ir a trabajar.

La mirada fija en el horizonte imaginando mil y un lugares que deben seguramente existir tras ese maravilloso y basto horizonte.

Concentrado y absorto en esa vista, solo con el mar, en el mar y con tan poca vida por delante.

Pude haber estado así por horas, de no ser por que repentinamente esa divina imagen apareció a la izquierda de mi campo visual.

Esa esbelta y femenina figura, ese color de piel, ese cabello, ese andar. Simplemente un pedacito de cielo en la tierra.

Ella solo caminaba mientras el mar, pícaro y sereno lamía sus pies y en ocasiones se atrevía a subir un poco mas por esas torneadas piernas.

No podía apartar mi mirada de ella, pero no quería pasar ante ella como un obsceno fisgón. Ella absorta en sus pensamientos y yo absorto en ella.

Sería ese “no se qué” que hace que la mirada pese sobre las personas que miramos tan fijamente, pero ella de pronto volteó hacia mi. Yo petrificado y ruborizado, no tuve mas remedio que seguirla viendo, mientras que como pude levanté mi mano derecha en señal de respetuoso saludo.

Ella levantó su mano derecha para saludarme, mientras ahora caminaba hacia mi.

Retiró esos lentes obscuros y dejó ver la mirada mas sensual y los ojos mas divinos que haya visto.

No me di cuenta de que mi boca estaba abierta y menos me di cuenta de la cara de estúpido que habría de tener ante ese hermoso monumento de mujer.

Pronto la distancia entre ella y yo era de solo unos decímetros. La mire y me miró. Con su mano cerró mi boca y ese sentimiento exquisito me invadió por completo.

Como quien ve una aparición celestial, poco a poco comencé a intentar tocar su hombro derecho. Ella adivinó mi intención y tomando mi mano, la llevó a su mejilla derecha.

Que piel tan suave y tersa. Ella tocó mi hombro y acercándonos poco a poco, fundimos nuestros labios en un beso en el que todo el cosmos de repente estalló.

Mis brazos intentaban tocarla toda. Ella simplemente me acercaba más y más a ella. Caímos a la húmeda arena y pronto los dos nos fundíamos intentando desnudarnos mutuamente.

Ella se levantó para retirar la parte inferior de su lindo bikini, y fue ese momento el que aproveché para hincarme ante ella como un devoto peregrino, para besar y disfrutar su pubis.

Ella simplemente con sus manos acariciaba mi cabello, acercándome poquito y poquito más hacia ella.

Mi lengua pronto encontró ese delicado clítoris, deleitándome con su sabor y bebiendo cada gota de ese elixir con sabor a ella.

Mis manos la tomaban de sus glúteos y ella comenzó a vibrar y exhalar esos delicados jadeos.

Me apartó un poco, se acostó sobre mi y pronto estábamos deleitándonos mutuamente en un riquísimo sesenta y nueve, obsequiándonos mutuamente sexo oral.

Ella se puso en cuatro puntos y sin necesidad de decir nada yo entendí lo que ella deseaba. Besé ese par de hermosas nalgas y con mis manos las separé para poder acceder con mi voraz lengua ese lindo y ávido esfínter.

Con mi lengua exploré esa deliciosa cavidad anal, cosa que a ella le deleitaba sobremanera. Con movimientos rítmicos y acompasados, me daba ese mensaje claro de que eso le agradaba.

Pronto ella y yo estábamos practicando mil y un variantes y posiciones que un buen coito exige. Sin mucho preámbulo, ella se acuclilló sobre mi pubis y colocando mi glande a la entrada de su ano, procedió a penetrarse a si misma con mi pene.

Que sensación más hermosa. Acostados después uno al lado de otro, la penetré analmente mientras ambos acompasábamos y hacíamos más intenso ese exquisito placer esfinterial.

No pudimos mas y en espasmos orgásmicos, estallamos en ese punto de máximo placer.

Abrazados, desnudos y saciados por ese instante, quedamos en esa playa por un buen rato.

Solo en esa playa, viendo hacia ese vacuo horizonte, espero con ansias y con anhelo a que ella vuelva a aparecer.

No sabemos nuestros nombres ni tampoco de dónde somos. Lo que sabemos es que estamos en este mundo y sin necesidad de vanas palabras, simplemente gustamos de amarnos sin cortapisas ni prejuicio alguno.

Soy un esclavo de su piel, su cabello, sus ojos, su cuerpo y toda su persona.

Gracias a los dioses por esta deliciosa esclavitud…

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