Dulce y bendita tentación

Hay días que no quisiera ni levantarme de mi cama. No me sentía nada bien y la verdad los analgésicos no me estaban ayudando en nada a mitigar el intenso dolor de cabeza.

Traje hacia mi el viejo reloj de pulsera y constaté que para mi fortuna aún era demasiado temprano, por lo que decidí dormitar un poco mas. Intento vano y fútil. No me fue posible conciliar el sueño y mi yo interno me pinchó las costillas para mejor levantarme y comenzar la jornada, aunque fuese sin prisa pero sin pausa.

Me miré al espejo y al parecer todo estaba en su sitio. Seguía siendo yo.

Tras pasar por ese trance de fatuo micronarcisismo, decidí entrar a la ducha caliente, recalentar la taza de café, dar un mordisco al mendrugo de pan en la mesita de la cocina y salir con calma a la oficina.

El día me estaba obsequiando con la belleza y el sosiego que solo la rutina nos puede dar. Todo estaba saliendo como si en ese momento todo y todos siguiésemos un gastado “script” de película de bajísimo presupuesto.

Llegué a la oficina y ahí me esperaba mi sitio de trabajo. Antes de fundirme en el procedí a hacer lo que se le llama una “parada técnica” en las instalaciones sanitarias, servirme mi café de la mañana y entonces si proceder con la rutina.

De pronto me di cuenta de algo: nadie había llegado aún. Estaba solo en un mar de cubículos, escritorios, papeles, etc. Qué sensación tan extraña y a la vez tan agradable.

Comencé con lo mío. De repente sonó la puerta que se abre al acercar el “gafette” de identificación personal. Moví pesada y aletargadamente mi cabeza un poco, solo lo necesario para percatarme con el rabillo del ojo quién osaba violar esa sacrosanta paz que la mañana me había obsequiado.

El color de su vestido y su holgada blusa fueron el motor para que se surtiese una orden de adrenalina, empujando mi cabeza de manera que ambos ojos pudiesen verla. Ahí estaba de pie. Con ese garbo y esa belleza que tanto admiraba.

Tras mi asombro y para no dejarme ver tan obviamente lascivo, saludé breve pero amablemente. Ella respondió con toda la educación y amabilidad que ella siempre tenía con todos.

Entró al tocador de damas para su correspondiente “escala técnica”, se sirvió su café y se sentó en su lugar justo delante del mío. No era posible para mi el apartar mi mirada de tal obsequio de los dioses.

Su cabello exquisitamente ordenado, su cara que obsequiaba esa combinación de inocencia con un ligero toque de malicia y “cachondería”. Esas piernas carnosas y esos muslos que invitaban a hundir la cara en ellos.

Que no decir de ese majestuoso y apetitoso “derriere” que al caminar la hacían ver simplemente soberbia, pero la “Pièce de résistance” era ese escote.

Su holgada blusa tejida tenía un cuello holgado que dejaba entrever un par de hermosísimos y muy deseables senos. De esos que solo mamá natura puede obsequiar. Naturales, sin pasar por cirugías ni por ilusorios añadidos. Un hermoso par de senos que el “brasiere” levantaba solo un poquito para deleite de quienes teníamos la fortuna de poder observarlos.

Debí haber sido muy obvio, pero ella se sonrojó al ver mi mirada hiperclavada en sus pectorales. Intentó sin éxito ocultarlos tras un movimiento de brazos que solo hizo acentuar su perfecta curvatura.

Dios. Cuánta perfección en un par de carnosas prominencias que son tan naturales como cualquier otra parte del cuerpo, pero que producían en mi un calor intenso que viajaba desde mi región occipital hasta la cadera.

Ella comprendió que era inevitable el intentar tapar esa hermosa y celestial vista, por lo que cejó en su empeño y simplemente se deleitó viéndome como mi deseo crecía.

Me distraje unos minutos trabajando, pero ella entonces se sentó a mi lado para atraer mi atención a un documento electrónico que en ese momento le había llegado.

Fijándome solo en el monitor de su computadora procedí a dar mi opinión. Todo normal hasta el momento. El problema (si así se le puede decir) comenzó cuando ella leía en voz queda el documento.

Cada palabra era el susurro mas dulce y melodioso que había yo escuchado en mi vida. Mis oídos se sentían acariciados por dentro. Un exquisito cosquilleo se apoderaba de mi. Eso hubiese sido todo, de no ser por que cada que tomaba aliento para leer, sus senos subían y se hacían más atractivos aún.

De repente un embotamiento hizo presa a toda mi mostrenca persona. Empecé como a fundirme con mis sentidos y esos susurros eran el único sonido en todo mi universo.

Ella entonces notó que yo no estaba sintiéndome nada bien en ese momento. Maliciosamente se acercó y una de mis mejillas rozó la deseada redondez de su seno izquierdo. Ella no pareció molesta. Mas aún ella se acercó mas y de pronto yo estaba apoyado en sus senos mientras seguía con ese lánguido pero delicioso pronunciar de palabras.

Para mi sorpresa ella tomó mi cabeza por la nuca y como una madre que delicadamente acomoda la cabeza de su recién nacido, hizo que mi cara se pusiera justo frente a ese par de maravillas. Acto seguido forzó con calma pero con decisión mi cabeza en la hendidura que separaba a ese prodigioso par.

Mi nariz se deleitaba con su aroma. Ella respiraba cada vez mas pesadamente y sin que yo lo notase, de pronto los fantásticos gemelos estaban liberados de las ataduras de esa infame prenda íntima.

Ella entonces soltó mi cabeza y comenzó a inclinarse un poco hacia atrás, lo que provocó que yo le tomara por la espalda para no caerme. Ahora ella era toda mía.

Mis labios buscaron de inmediato esas exquisitas protuberancias llamadas pezones. Emboné en el mas cercano a mi y procedí a obsequiarle con mi lengua un tierno masaje. Le agradaba y me lo hacía saber con hondos suspiros.

Su respiración y mi respiración ya no eran tales. Éramos dos animales deseosos de darnos el gusto de sentirnos juntos y haciendo lo que el placer nos mandara.

Seguí deleitándome con sus senos. Ambos. Entonces con mi otro brazo libre comencé a atacar su entrepierna. Con movimientos rítmicos y forzando mi antebrazo contra ese poderoso pubis, ella entonces comenzó a gemir mas y mas fuerte. Mis labios seguían succionando ese par de deliciosos botoncitos de placer sin dejar de lado una aureola tierna y carnosa.

Ella ya no pudo más y en una exquisita compulsión orgásmica dejó escapar un sonido gutural libre y desahogadamente. Ella estaba feliz y acariciando mi cabeza me lo agradecía.

Ahora a cada succión, a cada pase de mi lengua por sus senos ella se estremecía. Suavemente retiró mi cabeza y con una mirada como la que una madre tiene al ver a su hijo tras saciarse, me dijo en un suspiro: -“gracias… no sabes cuánto necesitaba esto”-.

Yo entonces y como si por un acto de magia se tratara, comencé a sentir en cada letra de esa frase cómo es que todo mi cuerpo se estremecía culminando en una explosiva eyaculación. Era fantástico y a la vez perturbador, pues para efectos prácticos yo “me había venido” en los pantalones.

Me quedé así un corto instante. Todavía con mis labios en su pezón. Poco a poco me separé de ella. Acaricié el seno y con la palma de mi mano torpemente retiré restos de saliva que había dejado. Nos miramos a los ojos llenitos de placer y con esa calma que solo el sexo puede obsequiar a un par de amantes.

Comenzamos a recobrarnos de esa efímera pero paradisíaca aventura. Sin decir nada miramos el calendario, reímos al unísono, nos tomamos de la mano y salimos de esa ahora fría oficina rumbo a la bulliciosa ciudad.

Nunca olvidaremos cuan hermoso y sublime momento vivimos en esa mañana de sábado, en que ambos nos habíamos confundido y por error asistimos a trabajar en un día de asueto.

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Contribuyente invitado de Eroticcas. Envía tú también tu cuento de amor y sexo.

2 Responses to “ Dulce y bendita tentación ”

  1. perfecto,falto un poco de fuerza ó salvajismo.

  2. ya me moje con la pura imaginacion

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