Noche

Atardece y las luces del alumbrado público, los fanales de los vehículos y el bullicio de las personas hacen saber hasta un ciego que el día está por terminar.

Cansado, hambriento y meditabundo circulo por esa enorme avenida. A diferencia de ocasiones anteriores no porto mis audífonos, pues siento una enorme necesidad de que el monótono sonido de la cacofonía citadina, me hagan caer en un estado de profunda concentración.

Cavilar, pensar, darle vueltas a mis enredados pensamientos. Todo ello mientras arrastro mi portafolio y mi humanidad.

Sin darme cuenta he llegado al hotel. El empleado me recibe con la cordialidad de siempre, con el saludo de siempre y dándome la habitación de siempre.

Agradeciéndole la llave de mi habitación, camino hacia el elevador de siempre y de manera automática presiono los botones necesarios para llegar a ese piso de siempre.

Estando por ingresar a mi habitación, un pensamiento rápido y como si fuese un gastado “Déjà Vu” me detuve un momento para darme cuenta de que ella estaba sentada en ese sofá que siempre estaba vacío.

Procedí de manera algo presurosa a dejar mi equipaje y procedí a regresar a la planta baja. Ella aún seguía en el sofá en la misma pose y con la mirada fija en mi persona.

Me acerqué tímidamente y con mi mano hice un remedo de saludo mientras de mi boca salía un susurrante saludo.

Ella respondió con un saludo más sonoro pero dulce, seguido de esa pregunta que se hace por cortésía: -“¿Cómo estás hoy?”-. Mi mecánica respuesta no pareció convencerle, pues de inmediato replicó con un -“Si te sientes tan mal como te veo, entonces necesitas una ambulancia”-.

No había reparado en lo desaliñado, cansado y tosco que me veía en ese preciso instante. El espejo, mudo y siempre honesto testigo no dejaban sombra de duda: Yo era un zombie.

Me dejé caer en el sillón contiguo a ella y tras emitir un ahogado suspiro le confesé mi espantoso estado de ánimo.

Ella siempre había sido para mi no solo una mujer más que hermosa. Ella siempre había sido mi confesora. Siempre con un buen consejo y siempre con una enorme disposición a escuchar.

Pedí nos sirvieran un trago a cada uno y tras descansar ambos un rato de tanta plática y sin decir nada, caminamos juntos a ese elevador.

Le cedí el paso en el quicio de mi puerta y ella entró con ese caminar tan elegante y sensual que tanto la caracterizan.

Yo seguí detrás y cerrando suavemente la puerta tras de mi, me entregué de inmediato a sus brazos.

Con candor y con ese arrebato que solo la pasión puede obsequiarnos, nos engarzamos en un profundo beso mientras mutuamente nos desnudábamos.

Ella entonces me separó y con un delicado susurro me dijo que ella prepararía la tina en lo que yo terminaba de retirar mis ropas.

Una vez que la ducha estaba lista, me invitó y ayudó a sentarme en esa tina, para posteriormente ella sentarse delante de mi sobre mis piernas.

Fue tan hermoso sentir sus glúteos en mis muslos y mi pene entre ese hermoso y
terso par de redondeces.

Como una madre que acicala a su bebé, tomé esa esponja con jabón y procedí a lavar cada centímetro cuadrado de su perfumada piel.

Que experiencia más exquisita. Ella se entregaba a cada roce de mis manos y pronto ella estaba respirando pesada pero placenteramente.

Ella se puso de pié dándome su espalda y de inmediato mi instinto me llevó a colocar mis labios en su trasero.

Con mi lengua acaricié sus nalgas y separándolas con mis manos procedí a acariciar su esfínter anal con ésta.

Ahora yo estaba debajo de ese par de piernas que al abrirse en un grácil compás descubrían unos labios vaginales exquisitos y carnosos.

Ataqué con toda mi boca su vagina y ella en ese momento era un instrumento musical que profería una delicada música hecha de gemidos.

Me pidió ponerme de pié y entonces ella me obsequió con un muy experimentado “felatio”. Yo vibraba de placer y mi cuerpo estaba completamente a su merced.

La levanté y depositándola delicadamente en el lecho, besé sus labios mientras con mis manos buscaba ese par de enhiestos y turgentes senos.

Ella me obsequió sus pezones y sus aureolas flexionando su pecho hacia mi. Yo atacaba con sus labios los senos y con mis manos su pubis.

No quedaba lugar a nada más. Separando sus muslos y posteriormente con delicadeza sus labios vaginales, penetré ese “sancum sanctorum”.

Cambiamos de pose en varias ocasiones pasando por aquellas que sabíamos que a ambos simplemente nos enloquecían.

En una explosión orgásmica cual una aria de ópera, en un erótico y espontáneo crescendo nos entregamos al orgasmo.

Quedamos tumbados en esa cama por un largo rato mientras nos besábamos y acariciábamos.

Ella entonces quedó dormida y yo entonces velé su sueño por un largo rato.

De pronto era de día. Yo estaba solo en esa habitación y lo único que quedaba de su presencia era esa minúscula prenda íntima impregnada con su aroma.

Tomé mi baño pensando en ella. Desayuné pensando en ella y cuando salí para reincorporarme a esa tumultuosa avenida, seguí pensando en ella.

Hoy delante de un frío teclado y una colorida pantalla, solo puedo ver sus ojos en ese “Avatar”. Tan hermosos y tan expresivos. Tan imponentes y a la vez tan eróticos.

Cómo quisiera volver a tenerla. Cómo quisiera que fuese de noche.

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Contribuyente invitado de Eroticcas. Envía tú también tu cuento de amor y sexo.

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