Preludio…

Siempre ávido melómano del género clásico, me había hecho el firme propósito de aprender a “tocar el piano”.

Siempre he admirado a ese enorme y majestuoso instrumento musical, cuyos sonidos y tesitura me han impresionado.

Tras un esfuerzo considerable logré ahorrar un dinero y pude adquirir un piano. No un piano “de cola” como anhelaba, mas el instrumento musical sintético que había adquirido tenía un sonido excelente y su precio era aún mejor.

Recordé entonces mis viejos tiempos cuando aporreaba el teclado de ese órgano que mi padre había comprado tiempo atrás, logrando que algunas melodías se escuchasen algo aceptables.

Ya tenía el instrumento y ahora seguía la contratación de una academia musical. Buscando con los medios a mi alcance pude encontrar una que su precio, horarios y domicilio mejor me convenían.

Siguiendo las indicaciones de la voz al teléfono, me presenté esa tarde-noche puntual, con mi cuaderno pautado y mi libro con la primera parte del curso recién comprado.

En esa salita de espera estábamos cuatro personas. Todos como niños que van por primera vez a párvulos bien alineaditos, seriecitos y esperando nos llamasen.

Un caballero elegante y algo anticuadamente vestido nos saludó cortesmente con su voz grave y sonora. Nos dio la bienvenida y se presentó ante nosotros como nuestro Profesiór de Piano-Forte, que es el nombre completo del instrumento.

Nos indicó entonces que pasaría a cada uno de nosotros para evaluar qué tan básico sería nuestro curso. Por ser el último que llegó, sería pues el último en pasar.

Ingresó el primer postulante a alumno (como nos dijo el viejo profesor) y quedamos un par de damitas y yo.

No obstante la puerta del Estudio estaba cerrada, se alcanzaban a escuchar la fuerte y recia voz del Profesor y esas burdas notas que profería el dichoso piano-forte.

Tras escuchar algunas notas y lo que parecían airadas indicaciones al postulante, siguió un sepulcral silencio. Repentinamente se abrió la puerta y de ella salió con un rostro más que enojado el que acertadamente adivinamos no sería considerado como alumno.

Siguió entonces el turno de una de las damitas y de manera semejante al postulante anterior, sonó la voz del Profesor y notas musicales producidas por el instrumento.

A diferencia del postulante anterior, esta vez los sonidos eran mucho mejores. Yo entonces sentí que muy posiblemente no sería aceptado.

La puerta se volvió a abrir, pero en vez de salir alguien se le invitó a la segunda mujer a que pasara al Estudio. Yo entonces quedé solo.

Voz atronadora, notas musicales de excelente calidad y posteriormente silencio. Se abrió la puerta y esta vez tampoco salió nadie. Una voz fuerte y decidida me nombró y entonces tras ponerme de pié y des entumirme, entré al santuario del Profesor.

Que hermoso y lujoso decorado el de ese espacio. Paredes tapizadas con una hermosa tela en color rojo y bordado con hilos dorados. Sendos libreros que abarcaban casi por completo las paredes atestados de libros y para mi sorpresa, discos de acetato de larga duración, los cuales hacía décadas que yo no veía.

Al centro estaban cuatro hermosísimos pianos de media cola que parecían recién salidos de fábrica.

Un escritorio grande, un enorme atril, partituras en ambos y en una columna de mármol negro, un generoso busto de Ludwig Van Beethoven, que me miraba con esos ojos cuasi vacíos y esa faz adusta tan característica del genial compositor.

El Profesor notó mi admiración por la escultura y con su serena pero atronadora voz me pregunto: -“¿Cree Usted poder ser digno de interpretar sus obras?”-. Mi respuesta fue un decidido -“aún no”-.

Tras una sonrisa leve, me indicó que me sentara en uno de los dos pianos vacíos restantes. Puso en mi piano una partitura y me indicó que interpretara cuanto pudiera de la mejor manera que pudiera.

Reconocí la partitura. Era precisamente la Sonata Claro de Luna de Beethoven. Esa que no debe faltar en toda colección musical en selecciones económicas y tertulias baratas.

Procedí a tocarla lo mejor que podía mientras de ese rostro profesoral solo salía una mirada seria.

Pasé de la primera página, por lo que creí que lo estaba haciendo aceptablemente. El Profesor se acercaba lentamente y de repente se alejaba. Pasé a la tercera página y a la mitad escuché un sereno -“…basta”-.

El profesor entonces tomó de mi piano la partitura y tras percatarme que las otras dos mujeres tampoco tenían partitura en sus respectivos pianos, me tranquilicé un poco.

Llevó su mano a la barbilla y tras mirarnos atentamente a cada uno comenzó a decirnos con calma que estábamos aceptados, invitándonos a regresar para comenzar formalmente en dos días después.

Tras agradecerle procedimos a levantarnos con calma de nuestros bancos, cerrar con parsimonia y ceremoniosamente nuestros pianos y salir casi “de puntitas”.

Por cortesía permití que primero saliesen las dos damitas. Qué hermoso perfume tenía una de ellas y que cuerpo tan más perfecto. Lo sicalíptico nunca quita lo cortés (y viceversa).

Hermosa mujer de hermoso cabello negro, piel morena clara y de una estatura un poquito menor a mi. Lo que se denomina un “bocatto di cardinalle”. Su modesto pero lindo vestido en color café claro y sus zapatos de tacón alto le hacían verse simplemente soberbia.

Debió de haber sido muy obvio mi interés en ella, que el profesor esbozó hacia mi una sonrisa que desembocó en una muy leve risita burlona. Bajé mi cabeza y salí de ese estudio cual escolapio regañado.

No acabábamos abandonar la salita de espera cuando repentinamente la hermosa dama del vestido café giró y accidentalmente chocó contra mi. Qué ojos tan mas divinos, que labios tan más deliciosos…

Tras disculparse y pedir mi permiso para pasar, ella penetró nuevamente ese Estudio. Yo salí a la calle y decidí esperarle.

En menos de dos minutos ella estaba fuera con un abrigo cubriendo su escultural figura. Con rostro algo sorprendido me miró y yo decidí romper el silencio: -“Que clima loco el de esta tarde… ¿Cómo te llamas?”-

Ella me respondió simplemente con su nombre en un divino y cuasi silencioso hilo de voz, mientras con timidez su rostro se sonrojaba y sus hermosos y grandes ojos eran apenas escondidos por un par de aún más enormes pestañas.

No quise romper esa magia que conlleva el primer contacto. No quise verme como ese personaje que se ajusta al ya gastado estereotipo denominado “Don Juan”.

Simplemente le agradecí la atención que me prodigó diciéndome su nombre y me despedí de ella con un -“…hasta pasado mañana”-. Caminamos cada quien por separado.

Definitivamente no había esperado con tanta impaciencia a que llegase una fecha. La verdad deseaba con obsesión ese día. A diferencia de la ocasión anterior fui el primero en llegar.

El profesor me solicitó pasar al Estudio y que tomase el piano que yo deseara. Me instalé y tras ofrecerme y aceptar su invitación, se me sirvió una humeante taza de Te.

Llegaron entonces las dos damas quienes realmente no pudieron ocultar su sorpresa de verme ya instalado, con mi taza de te y charlando con el Profesor acerca de las óperas de Wagner.

El profesor las miró, revisó la hora en su enorme y áureo reloj de bolsillo y tras recomendar a ambas damas un poco de puntualidad, comenzó la lección.

Las casi tres horas que duró la lección a los tres alumnos se nos hicieron una nada. Nos percatamos que ese profesor que parecía ser tan anticuado o cuadrado como primera impresión, era un tipo enormemente culto y a la vez sensible.

Nos despidió amablemente y nos invitó a regresar dos días después para continuar. Me levanté para tomar mi saco de el perchero pero el bolso de una de las damas me lo impedía. La dama que tanto me atraía tímidamente pidió disculpas mientras se levantaba apresuradamente para tomarlo, pero simplemente me remití a levantar la correa para liberar mi saco y regresé el bolso a su lugar.

Ella entonces me dio las gracias y esa palabra con ese tono de voz que salió de esa exquisita boca, me causaron un estremecimiento enorme.

La otra mujer obviamente lo notó, ya que con una sonrisita maliciosa bañada en esa muy femenina complicidad, resultó en una llamada de atención que me hizo regresar a la realidad.

Volví a ser el primero en salir y esa vez estaba decidido a ir más allá que un leve saludo. Salieron ambas damas por la puerta principal y adivinando perfectamente mis intenciones, la dama que tanto me gustaba se despidió de su condiscípula.

Mencionándome lo apenada que se sentía -“…por haber tenido el atrevimiento de dejar su bolso sobre mi saco”-, le respondí con el típico -“…no hay problema”-. Le propuse entonces muy “ñoñamente” que para resarcir su error debía aceptar una taza de café auspiciada por mi, en ese muy acogedor e íntimo cafetín de la esquina.

Sorprendentemente ella aceptó y de muy buena gana, iluminándosele su rostro y abriendo mucho ese par de encantadores ojos.

Nos sentamos en una mesita que estaba diseñada ex-profeso para dos personas. Solicitamos la primer ronda de “capuccinos” y comenzamos a platicar cual si nos conociésemos de muchos años atrás.

Ella muy al principio frente a mi, pero conforme el transcurso de la plática nuestras sillas “mágicamente” terminaron juntas una al lado de la otra.

Pude admirar en esas horas cuánta belleza había no solo en su faz, sino en su piel, sus manos, sus pies y sobre todo, esas exquisitas y excelentemente proporcionadas formas que hacían de toda ella, una muy seria candidata a “Venus”.

Poco a poco fuimos tomando más confianza y sin más, nuestras manos ya se entrelazaban. Nuestra conversación era en ocasiones de todo y en otras más, simplemente de nada. Llegado el momento, solamente nos quedamos mirando uno al otro.

Sinceramente me sentí tan dichoso y a la vez tan intimidado por esa mirada. No lo podía creer. Yo abarcaba todo su espacio visual y ella el mío. De repente no podía ver otra cosa que sus labios rojos y carnosos, de los que simplemente salió en un susurro mi nombre.

Un zumbido y un estremecimiento recorrieron todo mi cuerpo. Poco a poco nos fuimos acercando y ese inminente beso se convirtió en un prolongado ir y venir de nuestras lenguas, buscándose desesperadas e intentando saciar una sed que sabíamos los dos cómo deíamos de calmarla.

Mudos cómplices de lo que perfectamente sabíamos que debíamos de hacer, solicitamos la cuenta, dejé dinero más que suficiente para cubrirla y cubrir la muy merecida propina del mozo y tomamos un automóvil de alquiler.

El conductor recibió órdenes de ella, de las cuales no pude atención, pues todos y cada uno de mis sentidos estaban centrados en ella.

Nos tomamos de la mano y esas caricias que prodigamos a través de ellas hicieron que nuestra sangre hirviese aún más. El automóvil se detuvo frente a un descomunal portón de hierro fundido cargadamente ornamentado. De pronto se entreabrió una de las puertas y a través de ella es que ingresamos.

Ella encendió la luz y ahí en esa enorme sala nos hincamos para abrazarnos y besarnos con frenética obsesión.

Ella desabotonó su blusa y yo hice lo propio con mi camisa. Ella entonces procedió a desabrochar mi cinturón mientras yo correspondía con su falda.

Se levantó y quedé de rodillas ante un monumento de mujer. Exactamente a la altura de mis ojos tenía el más delicioso pubis femenino que mortal alguno hubiesen visto.

Deshaciéndome poco a poco de sus prendas íntimas, ya desnuda ante mi, la tomé por los glúteos y hundí como un lobo hambriento mi cara en su pubis. Mi lengua rozaba su clítoris mientras que un delicioso aroma entraba por mi nariz.

Jadeos entrecortados eran esa música que acompasaba un par de manos que acariciaban mi nuca ejerciendo una delicada pero decidida presión para que aumentara mi ataque.

Continué con el “cunilingus” mientras que ella entonces giró para mostrarme esas redondas y firmes nalgas. Yo ya sabía que hacer y tras besarlas profusamente, hice pasar mi lengua por su cavidad esfinterial.

Estremecida de placer volteó, se arrodilló, me tumbó en la alfombra y procedió a obsequiarme el más exquisito “felatio” que humano alguno hubiese experimentado.

En un ahogado grito le supliqué me permitiese deleitarme con su vagina en mi boca. Ella gustosa aprisionó mi cabeza entre sus piernas y procedió a restregar suavemente su genitalidad en mi boca. Eramos un par de almas que se fundían en el sexo oral.

Ella repentinamente se levantó. Dándome su espalda tomó grácilmente mi pene con su mano derecha y poco a poco hizo que éste penetrara su ano. Suavecito. Poco a poco… Cada vez más hasta que la totalidad de mi falo la había penetrado.

Con hábiles movimientos estrambóticos de sus caderas, procedió a subir y bajar masajeando el pene con su esfínter. Mis jadeos y los suyos de repente eran un coro acompasado en el que solo el placer era la tesitura de una aria de opera sexual.

No podía más. Le indiqué que deseaba terminar y entonces ella fue la que estalló en un humedísimo orgasmo, que aunque la penetración era anal, por su vagina emanaba una abundante eyaculación femenina.

Ante tal obsequio entonces exploté y sin más eyaculé dentro de ella. Qué placer más enorme.

Cansados pero felices rompimos poquito a poco con el contacto anal. Ella se acostó a mi lado y ambos nos abrazamos quedando completa y plácidamente dormidos.

¿Cuántas horas dormimos? No lo se. Simplemente se que esa mañana nos despertamos y tras decirnos buenos días con una sonrisa, pasamos a tomar un frugal desayuno.

Ella me despidió preguntándome si nos volveríamos a ver. Yo contesté afirmativamente y tra un beso, tomé mi camino habitual.

Continuamos asistiendo a clases de música. Ya era obvio que ambos estábamos enamorados el uno del otro y que practicábamos una relación abierta y sin cortapisas.

Con el tiempo dejamos de asistir a clases. Hoy me agradezco el haber decidido tomar esas clases de Piano-Forte. No seré un “maistro concertista” de este instrumento, pero se que puedo tocar con maestría y hacer vibrar a esa hermosa mujer.

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